Miedo al recuerdo

Hoy va a ser el último día que escriba sobre ella, al menos así pienso esta tarde, pero no voy a romper estas páginas, como siempre lo hago cuando vuelvo a leerlas días después. Quiero conservarlas para no olvidar nada, aunque eso va a ser difícil, casi imposible, olvidar. Voy a volver a escribir sobre otras cosas, en este viejo diario azul en el que tanto tiempo llevo anotando todo lo importante que ocurre en mi vida, o no tan importante. Pero necesito escribirlo, porque en este momento no me apetece contárselo a nadie. Así me desahogo y consigo sentirme mejor. A partir de ahora será como antes, ni ella ni nosotros seremos los protagonistas de las páginas de mi diario, porque debo hacer lo complicado, lo que más me cuesta: pensar en ella tan sólo como una amiga, aunque “amiga” es demasiado; mejor conocida, y sigo escribiendo, recordando una y otra vez, cada palabra, cada momento, cada día, no lo voy a conseguir.

Esta tarde, cuando iba caminando en dirección a la Plaza Nueva  pasando por la calle Sierpes, estaba el mercado ambulante de la Feria del Libro, frente al Ayuntamiento. Me fijé en uno de los puestos dedicados a los autores hispanoamericanos y, cómo no, me he vuelto a acordar de aquellos días tan felices para mí, porque gracias a las poesías de uno de ellos puede quedar con ella para ir juntos a la biblioteca, a buscar las poesías que más le gustaba a ella. A partir de ahí no dejamos de vernos ni una sola tarde. Hasta que se fue, se marchó y para siempre. Ya, de regreso, a casa, empecé a leer mi recién adquirido ejemplar de bolsillo. A medida que pasaban las páginas, sentí cómo mi corazón latía más deprisa de lo normal, y cuando me quise dar cuenta, las lágrimas que había intentado contener durante todos estos días, se derramaron por mis mejillas. Y lloré, lloré al leer aquellos versos que ella me recitaba, cargados de sentimientos.

Al llegar a la calle Harinas me apetecía estar solo, con mis recuerdos y yo y me fui caminando, sin rumbo. Una hora después estaba en el lugar donde siempre quedábamos, donde  nos veíamos casi de forma clandestina, y me senté en aquel banco de Plaza de Armas,  mirando, imaginando, la ventana de la habitación que, meses atrás, había sido escenario de nuestros días más felices. Allí fue donde nos dijimos cuántas cosas que íbamos a hacer juntos: salir, sonreír,  charlar y pasear por el parque mientras me leía sus poemas favoritos, cenar en un lugar bonito, vernos todas las semanas e, incluso, viajar. ¿Y el regalo? Ese regalo que en nuestro último encuentro dijo haberme comprado, que aún espero y que, para ella, también forma parte del olvido, como lo demás.

De todo lo que nos faltó por hacer, lo que más rabia me da es no haber bailado con ella. Fueron pocos los días que estuvimos juntos, poco tiempo, pero daría lo que fuese por volver a atrás, a algunos de aquellos días pasados, días felices, sólo para bailar con ella, para sentirla cerca de mí  y abrazarla, de la misma forma que cualquier estatua que represente el abrazo. Y no pienso en nada, sólo en nosotros y en la música que hace que nuestros cuerpos se muevan lentamente, a ritmo de un tango lento o una triste melodía, cantada por algún incomprendido poeta de la música. Ya sé que no se puede vivir del pasado, no puedo aferrarme a ello pero nuestras palabras sonaban tan verdaderas, que parecían auténticas promesas. Y se las llevó el aire, el mismo que se colaba, sigiloso, por aquella ventana, y acariciaba nuestros cuerpos desnudos, el mismo que fue testigo de nuestras confesiones y deseos más reales; de mi risa, de mi felicidad y de mi miedo, miedo a enamorarme otra vez.

JMCR’2KX

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2 comentarios to “Miedo al recuerdo”

  1. Te quedan muchos momentos felices por vivir, no esperes ni un minuto más.

    Un besote

  2. María Says:

    Ya lo sabes, no tengas miedo al recuerdo, quedate con todo, y estoy completamente segura que te vendrán momentos muchos más felices. Tú siempre mirando hacia el horizonte.

    Besitos

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